lunes, 20 de julio de 2015

EL TURISMO LE GANÓ LA PARTIDA A “LAS BURRAS”.

Artículo publicado en el periódico “La Provincia”, el domingo, día 19 de julio de 2015

Por Pedro José Franco López
Técnico en Patrimonio Histórico y Cultural.


“El Aserradero” y “Las Burras” abarcaban el tramo de costa que hoy escoltan los hoteles Beverly Park  y Dunas Don Gregory.


Esta sería la segunda entrega de aquella trilogía que nos propusimos, “Berreil-Burras-Buenavista”; tres núcleos poblacionales, los tres con “B” que, en aras del progreso y el bienestar tuvieron que desaparecer de la faz de la tierra.

Vamos a obviar, en principio, la última imagen que nos queda a muchos de las viviendas de Las Burras, (aquel entrañable barrio de pescadores de Maspalomas) que, cuando en la década de los 90 del siglo pasado, se enzarzan en contienda: “los últimos de Las Burras”, frente al Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, el Condado de la Vega Grande, el Instituto Social de la Marina, varias empresas y la Demarcación de Costas, con el objetivo de defenderse del desahucio al que se veían sometidos, por imperativo urbanístico de la zona turística.

Nos sentimos más cómodos retrocediendo en el tiempo hasta principios del siglo pasado en que un grupo de ciudadanos de Telde deciden sobrevivir en el Sur de la isla y recalan en la costa maspalomera conocida por “El Aserradero” y “Las Burras”, esta emigración puebla varios espacios costeros en Castillo del Romeral, Maspalomas, Arguineguín y Mogán; concretamente en Las Burras recalan una veintena de familias, los apellidos más corrientes: Betancor, Cruz, Trujillo, Marrero, Rodríguez, Artiles…

Para situarnos: el pueblo de “Las Burras”, era toda la zona de costa que abarca hoy en día el Paseo Costa Canaria y, la calle Hamburgo, de la zona turística “El Veril”, hasta llegar al hotel Dunas Don Gregory. “El Aserradero” era el topónimo con que se conocía dónde hoy se ubica el Hotel Beverly Park; éste era el sitio más frecuentado del pueblo, por ser el lugar dónde se varaban los barcos y, por lo tanto dónde había movimiento de pescadores. Y, por desempolvar otro topónimo interesante, según nos cuentan, “El Corralillo” era la zona de marisqueo y que ahora conocemos como “Playa del cochino”.

Las viviendas, más bien chozas, eran de paredes de piedra seca; de dos habitaciones de tres metros cuadrados casi todas ellas. Su construcción, a semejanza de cómo lo hicieron nuestros aborígenes no muy lejos de allí mismo (en Lomo Perera y Punta Mujeres), tenían por techo unas tortas que se lograban mediante la mezcla de barro y paja y, cuando ésta escaseaba, se recurría a la seba de la playa que, pisoteada a pié descalzo, se lograba un adobe duro y compacto. En cuanto a las camas, se aislaban del frío suelo, con cajas de tomate y, con paja y seba, rellenaban los colchones, hechos con sacos de harina.

La familia Rodríguez Artiles:


Para continuar contando las peripecias de estos aventureros, de entre estas familias escogemos a una que, con el transcurrir de los años, se ha convertido en popular y muy respetada en todo Maspalomas. Se trata de los “Rodríguez Artiles”, compuesta por Miguel Rodríguez García y su esposa Soledad Artiles Cruz.

Miguel, en 1938, en plena Guerra Civil y con tan sólo 14 años, se independiza y se viene al sur de la isla. Las opciones no eran muchas por aquella fecha; si no eras medianero del conde o de srta. Candelaria, no quedaba otra que la pesca o el pastoreo y a Miguel siempre le apasionó el mar; así que, con una barca que le compró su abuela paterna, se planta en “El Aserradero” (Playa de Las Burras).

Lugar de concentración de toda la vecindad era “El chorro” del Veril, dónde todos coincidían a proveerse de agua salobre y fue allí dónde Miguel conoce a Soledad (también las mujeres iban allí a lavar la ropa) y, con el transcurrir del tiempo, forman una familia numerosa compuesta por: Miguel, Francisca, Antonia, Soledad, Pepe a Inmaculada;  conviviendo todos en dos chozas, cocina y patio; por lo que Miguel el mayor de los varones pernoctaba en la casa de Blasito, que era como uno más de la familia.

En el enamoramiento entre Miguel y Soledad, mucho tendría que ver los bailes que se organizaban en el “almacén quemao”, amenizados por Anastasio Moreno y su parranda que, vivían en “La Gloria” y bajaban una vez al mes hasta Las Burras a tal fín.


Miguel, como todos los pescadores de las Burras, se dedicaba a la pesca, la mayor parte de las veces con el sistema de chinchorro o jábega. La vida era amanecer en la playa y anochecer en el mar…sólo se permitía dormir al mediodía.

A primeras hora tocaba echar el chinchorro y se sacaba a las tres de la madrugada. A esa hora ya estaban los arrieros con mulas, caballos, para vender el pescado en otros puntos de la isla.


Las mujeres, portando el pescado en ceretas sobre la cabeza, se encargaban de venderlo por Maspalomas, El Lomo, Buenavista y cuarterías de aparceros y, llegado el caso, si no se tenían dinero contante y sonante, cambiaban pescado por verduras para hacer un buen potaje. A los hombres que iban por pueblos les pasaba de lo mismo; por ejemplo: llegar a Fataga cargado de pescado y regresar a Las Burras con unos buenos sacos de papas y toda clase de hortalizas. Aún retumban en algunos oídos los gritos de “pescaiiiito frescoooo” de: María Cruz, Nievita, Inecita y tantas otras.

Soledad, esposa de Miguel nunca fue vendedora de pescado, trabajó siempre en el Almacén de empaquetado de tomates de la compañía inglesa Naviera-Frutera Fyffes, Lted. Precisamente en esta Almacén, se produjo un incendio en los años 40 y, pasó a ser reconocida como el “Almacén quemao”; allí se celebraban los bailes mensuales y, todos los años llegaban los “padritos” a celebrar las Santas Misiones, por si se nos quedaba algún niño “burrero” sin cristianizar.

La popularidad de Miguel “El Chola”, además de por el respeto que infundía su sola presencia, se debía a que era el recaudador de la cuota a la Seguridad Social, de cada uno de los pescadores; es así que Miguel se iba cada dos meses al Instituto Social de la Marina a contribuir la cotización de todos. El porqué del apodo “el chola”, que van heredando todos los miembros de la familia, sobre todo los varones, se pierde en el tiempo y es que data desde los abuelos de la actual generación.

Miguel, que era una biblioteca andante, su sabiduría y experiencias vividas eran de lo más interesantes; por ejemplo: fue testigo de primera línea del rescate de los marinos del Submarino alemán U-167, hundido en las cercanías de Las Burras, en abril de 1943, cuando contaba 19 años.

En cuanto a la llegada del turismo y anécdotas a contar, montones y para todos los gustos. Por ejemplo, en el Programa de las Fiestas Patronales de Maspalomas/2014, Antonio Trujillo Cruz, de 77 años, nacido en Las Burras, manifestaba: “Los turistas se embarcaban con nosotros para vernos faenar y sacarse fotos, y nos pagaban metiéndonos billetes en los bolsillos. Incluso nos ayudaban a sacar el chinchorro en la playa, entre aplausos. En el barco amasábamos gofio y cortábamos cebollas aderezadas con aceite, vinagre y sal, y en la playa montábamos asaderos improvisados que deleitaban a los turistas”.



No es gratuita la elección de la familia Rodríguez-Artiles, para que nos hicieran de informantes sobre la vida en “Las Burras y El Aserradero”; el respeto ganado a pulso entre todos sus vecinos, no es otro que el que ellos mismos se profesan entre sí. Como prueba, la de que, ante cualquier consulta sobre la historia de Las Burras, sus hijos siempre nos remitieron a su padre y, fallecido éste hace unos cuatro años, hacen lo propio con su madre: Soledad. Y, llegado el caso, cualquiera de sus hijos, delegan en el hermano mayor: Miguel.

Para cuando se origina aquella polémica de principio de los noventa, a la que hacíamos mención arriba, entre los últimos de Las Burras y todos los estamentos e instituciones conocidas, que se sentían extenuados por el acoso a que les sometían, por el desahucio y abandono de sus hogares; ya las chozas de piedra y techo de barro y paja hubieran desaparecido; en el transcurso del tiempo fueron sustituidas por paredes de bloques de 20 y techos de planchas de uralita y, las protestas y demandas se enarbolaban en pancartas en los idiomas español, inglés y alemán.
  
Miguel Rodríguez Artilles.

“Los niños de Las Burras éramos atléticos y fuertes”


Según nos cuenta Miguel Rodríguez –hijo-  “El Chola”, el mayor de los hijos del matrimonio entre Miguel y Soledad, los niños criados en Las Burras se diferenciaban en gran manera del resto de los maspalomeros; el color de la piel y lo desarrollado de su constitución física, la adquirían con el trabajo del chinchorro; (tirarando de la soga e hincando los pies en la arena y “jalar” para conseguir el preciado botín). Además, hasta hace poco, los criados en Las Burras y El Aserradero, eran reconocidos por sus manchas amarillas en los dientes, fruto de beber el agua del chorro del Veril, procedente de nacientes y muy cargada de hierro. Aún algunos burreros se reconocen entre ellos por esta característica. 

Tanto llamaban la atención que, muchos de ellos, posaban gustosos para las sesiones fotográficas a que los sometían los primeros turistas que llegaban a Maspalomas. Y, ¿como no?, eran firmes candidatos a hacer de extras en las películas que se rodaban en Maspalomas por aquellas fechas; de ello dan fé, los documentos gráficos que nos enseñan, dónde grupos de pescadores y sus hijos, lucen vistosos ropajes.

En relación con el poderío físico de “los burreros”, señalar que, cuando se enfrentaban por las Fiestas de la Santísima Trinidad y las de San Fernando, los pueblos del Tablero y Maspalomas, en las tradicionales y reñidísimas Tiradas de Soga, se reforzaban con puntales de pescadores de Las Burras, que trataban de atraerlos en secreto y con miles de artimañas. El premio?: un trofeíto de unos 10 cms. de alto y un par de cajas de botellines de cerveza. 

No se nos puede quedar esto en el tintero; y es que circula desde siempre una leyenda urbana sobre Miguel (el Chola) –hijo-, que él, muy prudente y discreto, ni confirma ni desmiente; y es que cierto día, para “disfrute” de todas las chicas de la época,  se presenta en la Escuela con un “collar” de lagartos ensartados en una verguilla. Ahí queda. Rogamos que no cunda el ejemplo, que ahora son especie protegida.


Como no podía ser menos, tenían su propio equipo de fútbol, el C.F. Las Burras y celebraban liguillas entre los equipos de los alrededores, como los de Juan Grande, el Castillo, Berriel, Maspalomas y el Tablero. Cuando se federaron estos Clubs, se nutrieron de la excelente cantera que había entre el barrio pesquero, así tenemos nombres como: Juan y Ramón Castro, Mingolo, Domingo Trujillo, Domingo Marrero, el casi mítico portero Juan Pascua, Alfonso Castro “El Cabozo”, “El Veneno”, sin olvidar a los porteros del C.D.Maspalomas: Juan “el bonito” y  Pepe, “el chola".

 

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