ÉPOCAS
PRETÉRITAS A TODO LO CONOCIDO EN EL TRANSPORTE INSULAR
Por Pedro José Franco López.
Las últimas generaciones de canarios desconocen que, para llegar a Maspalomas, había que pasar por: Jinámar, Telde, Cuatro Puertas, Ingenio y Agüimes....; no existían más carreteras."Cuando mi padre decía: “mañana vamos a Maspalomas”. Era un acontecimiento grande: se empezaban a preparar las cosas (las mías): el sombrero imprescindible, zapatos para la playa y para andar por el Oasis, traje de baño, etcétera… porque lo demás lo tenía preparado la familia días antes"."...nos empezábamos a vestir a las doce de la noche..." |
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En una entrada anterior hablábamos del "Vía Crucis" que
había que sufrir para llegas de Las Palmas de Gran Canaria a Maspalomas en las
décadas del 50 al 90 del siglo XX: las eternas e interminables caravanas, el
Proyecto de un Tren Vertebrado, el Desdoblamiento del Aeroclub a San Fernando,
la Autopista GC-1 y sus ampliaciones, etc. Pero en épocas pretéritas a todo
esto, por ejemplo: desde principios de siglo XX, hasta casi mediados (década de
los 50), la historia era bien distinta.
Existe una descripción pormenoriza del trajín y casi odisea que suponía preparar y realizar una excursión de Las Palmas de Gran Canaria a Maspalomas en los años 20 del pasado siglo XX de la mano del doctor Odontólogo Don Lorenzo Bellini Soncini. (que fué Pregonero en el año 2000 de las Fiestas Patronales de Maspalomas en Honor a San Fernando).
Entramos de lleno en la descripción de la "tremenda Odisea"
y, en otra Entrada de Blog, trataremos de la persona de Lorenzo Bellini y, de
la saga Bellini en general que tiene muchísimo interés, para la historia de
Maspalomas y su zona turística "Maspalomas Costa Canaria" y, para la
isla de Gran Canaria en general.
MANIFESTACIONES DE DON LORENZO BELLINI SONCINI, (Pregonero de las Fiestas Patronales de Maspalomas en Honor
a San Fernando del año 2000.
“Mi
padre, como extranjero, era muy aficionado para ir para el sur de la Isla. Le
gustaba la soledad, pisar dónde no había nadie pisado antes, hablar y conversar
con los de la zona, escuchar la manera de pensar de los pastores, arrieros,
labradores y de todas las personas que se encontraba por esos caminos de Dios,
allá por los años 20.
De vez en cuando nos decía: “mañana vamos a Maspalomas”. Para mí no existía mayor alegría que esa. Yo tenía diez u once años de edad; es la época más antigua que recuerdo. Era un acontecimiento grande: empezaba a preparar las cosas el día anterior, como si fuera a ir al extranjero, el sombrero imprescindible, zapatos para la playa y para andar por el Oasis, traje de baño, etcétera… porque lo demás lo preparaba la familia. Mi padre nos decía: “A las 12,- de la noche los despierto”. Yo no sé si dormía o no. Mientras, él se iba a la cafetería de Triana con sus amigos: Don Ramón Ganiver y su hermano Don Domingo Padrón, y otros, mataban el tiempo hasta las doce, en que nos despertaban y empezábamos a vestirnos.
El coche estaba preparado en la calle de
Triana frente a casa, en dirección sur. Era un “Overlang”, coche americano,
cuya marca ya no existe. Tenía que estar bien preparado, dos ruedas completas
de recambio y tres o cuatro cámaras nuevas. A la hora indicada se le daba a la
manivela y… “pá” el _sur. Con esa luz tenue que tenían los coches de aquella
época y a 30 kilómetros por hora, pasábamos por la calle de los Reyes, por el
Cementerio que en esa época estaba todo rodeado de plataneras y quizá por eso
cuando una persona estaba muy enferma se decía: “dentro de poco ese se va para
las plataneras”.
Seguíamos por esas calles llenas de socavones por la Tenería (ahora Autopista), por encima de San Cristóbal, con su iglesia a la derecha, que ya desapareció, dónde se rodó la película “La Hija del Mestre”, protagonizada por Antonio Pulido, con dirección al sur por la Laja, el viejo túnel, por el que sólo pasaba un coche, saliendo por la mar fea hacia Jinámar, Telde, las Cuatro Puertas, Ingenio y Agüimes, dónde hacíamos la primera parada. La emoción era tan grande que no dormía nadie, bajábamos del coche, yo con mis botas y mi sombrero, a una tienda de esas en las que hay de todo, dónde nos daban algunas galletas y una tabla de chocolate hecha de azúcar grueso. Mi padre tomaba café con un chorrito de ron y comprábamos pan de Agüimes, extraordinario pan con “matalauva”, nos subíamos de nuevo al coche , cogíamos por la carretera de Arinaga hasta el cruce y de ahí al Doctoral.
La carretera a su paso por el Vecindario
estaba más hacia la costa, y llena de tuneras a los lados. La tienda del
Doctoral era la segunda parada, fui a ponerme el sombrero, pero me lo había
dejado en la tienda de Agüimes, eso me ocurría con mucha frecuencia. El dueño
de la tienda nos daba pastillas de limón, estirábamos las piernas y seguíamos
hacia Juan Grande.
Hay un caso curioso que vale la pena contar: el Doctoral está situado en un punto alto y había que bajar una carretera con bastante desnivel al Barranco de Tirajana. Para bajar no había problema, el problema era subirla al regreso, para ello nos bajábamos del coche todos, menos mi padre; él daba la vuelta al coche y la subía marcha atrás. Ahora me doy cuenta porqué lo hacía, el depósito de gasolina lo tenía detrás y de esa manera la gasolina llegaba al carburador con más facilidad; además la marcha atrás tenía más fuerza que la primera marcha. No sé por dónde era, pero por un Barranco, recuerdo ver y adelantar a un carro canario de dos ruedas grandes y en el medio una plataforma larga y estrecha, del que tiraban dos mulas y una de repuesto que iba detrás. Este carro llevaba los víveres al torrero. El hombre del carro iba encima durmiendo porque no había miedo de perderse. Se decía que tardaba tres días en ir de Las Palmas al Faro…
Continuábamos en dirección a Juan Grande, ya
era casi de día, bajábamos del coche en la placita que está delante de la
Iglesia y… cuidado con bajarse porque había un par de perros (mastín, buldog o
bardino) de cuidado, por eso esperábamos a que nos recibieran como siempre, con
su habitual amabilidad, doña Bárbara, esposa del mayordomo del Conde de la Vega
Grande, Antonio Franco. Ahí desayunábamos, y los pequeños teníamos el privilegio
de tomar leche acabada de ordeñar con mucha espuma y gofio.
De Juan Grande a la playa del Águila todo era barranco con las piedras grandes apartadas de la orilla de la carretera, que era ondulada, subía el coche 6 ó 7 metros, bajaba los mismos otra vez y así constantemente. Ahora se ve llano porque prepararon el terreno para cultivo de tomates. Ya empezábamos a ver el mar de cerca, y al llegar a un montículo veíamos por primera vez el Faro de Maspalomas y con unos deseos locos por ir a bañarnos, gritábamos: ¡El Faro!. El piso era por fín liso, de una gravilla pequeña que nos proporcionaba un gran descanso, a la derecha se veía la almacén de “Fyffes”, hoy, destruída lamentablemente.
La subida al Morro Besudo, digo "besudo"
y no besugo: se llama así porque el risco que mira al mar tiene forma de labio
muy pronunciado.; era un infierno porque toda la carretera estaba cubierta de
arena negra, teniendo que quitar la que nos impedía el paso y poner sacos para
que el coche no patinara hasta llegar a la cima. De ahí a Maspalomas, pasando
por la actual calle Alcalde Marcial Franco y no por dónde se pasa ahora.
La casa del mayordomo Marcial Franco, tenía una entrada grande y un gran patio y él solía estar junto a la puerta, sentado sobre un maderón grande y cuadrado, de 5 ó 6 metros de largo. Junto a la casa de Doña Candelaria del Castillo (hoy restaurada y convertida en Galería de Arte) (sic) -ahora se prevé que sea sede de una extensión del Museo Canario-, había una inmensa Era, tenía más de 100 metros de diámetro, en ella había una gran cantidad de Palomas salvajes comiendo de lo que se trillaba, creo que por eso le pusieron el nombre de Mas-palomas. De aquí nos dirigíamos al Faro, saludábamos al torrero y… “a bañarnos por fin”. En otra ocasión estuve invitado 18 días por el torrero don Rafael Medina y su familia. ¡Qué vida más saludable!.
Sólos, sin casas, sin coches, y sin nadie en
todos los alrededores, en traje de baño todo el día, acarreando agua de un pozo
a un kilómetro más o menos de distancia, llenábamos los dos barriles, los
poníamos e la albarda del burro y al Faro. Por las tardes pescábamos en el
muelle roto, unas hermosas viejas, o en el Charco, que también habían buenos
lebranchos, para luego ir al Cruce (dónde actualmente está la gasolinera) a
recoger algún paquete que dejaba “el coche de hora” una o dos veces por semana.
Ya en horas tempranas de la tarde emprendíamos el regreso sin prisas, para llegar a Las Palmas, esto la pasábamos dormidos y sólo nos despertaban en El Doctoral para estirar las piernas. y el coche pudiera subir la cuesta. No cabe duda que se tardaba muchas horas en ir y venir a Maspalomas, ya que había que añadirle los pinchazos que eran de tres a cuatro en una carretera sin asfaltar. “Ahora la Autopista y casi media hora para unir Las Palmas con Maspalomas”. ¡Cómo cambian los tiempos!. |



















