Por Pedro José Franco López
Roque Nublo de Gran Canaria/2020
Como tema central de esta
columna, entre otros que necesariamente se entrecruzan: la batalla entre
castellanos y aborígenes denominada "La Derrota de San Bartolomé",
que todos los investigadores e historiadores coinciden en que este hito
histórico convierte a
Tunte en uno de los escenarios más importantes de la conquista de Gran Canaria,
justo cuando se desarrollaban sus últimos episodios.
Se
cumplen 542 años (1479/2021) de aquel 12 de agosto de 1479, cuando arriba al
puerto de las Isletas al frente de cuatro navíos y 300 soldados, un siniestro
personaje, falto de escrúpulos, llamado Pedro Hernández Cabrón, estando de
acuerdo también todos los textos en que su crueldad y violencia eran
legendarias y estaban en boca de todos aquellos que le conocían.
Lo
hace acompañado del Obispo Juan de Frías y toman como objetivo arrasar los bienes de las cosechas de la gente
de Tunte, que la encuentran bien proveída: de carne, ganados, cebada, manteca,
miel, higos pasados, etc.
Recogida la presa, se disponen a
regresar a los barcos al anochecer, cuando un canario cristiano, que ejercía de
práctico, le dijo a Hernández Cabrón que no saliesen del lugar donde estaban, por
temor a emboscadas de los canarios, a lo que éste contestó aquella célebre
frase: "Anda, hijo, anda, que yo no tengo miedo a gente desnuda", prosiguió su marcha y, para dar fe de
su fama de personaje vil, violento, inhumano y
cruel, no se le ocurre otra que castigar a la gente de Tunte, dónde más les
dolía, mandando destruir un templo aborigen que existía en Risco Blanco, que
quedó totalmente arrasado.
Esto provocó la
fulminante e inmediata reacción de aquella "gente desnuda" que, en
emboscada, dando silbos, gritos, pedradas en lluvia y palos, asaltaron a la
expedición matando a 26 soldados, más de cien heridos y, dándole al
impresentable de Pedro Hernández Cabrón con una piedra que le dejó con la boca
torcida y sin algunos dientes, que no pudo hablar ni comer en días.
Los canarios además,
se hacen con unos 80 prisioneros de la flota de Hernández Cabrón, que condenan al fuego votivo del Beñesmen,
pero tras la intervención de una bruja-chamán (una maguada local) que vivía en
la zona de las calderas de Tirajana,
fueron indultados, haciendo gala de su grandeza y nobleza los aborígenes
canarios, que lideraba el Faicán de Telde.
Todo esto acontecía la noche del 24 de agosto de 1479,
día en que el santoral celebra la festividad de San Bartolomé apóstol y mártir,
por lo que quedó instituido como patrono del lugar y, en gratitud al santo,
prometieron elevar una ermita en su honor y lo hacen terminada la conquista; a
día de hoy, San Bartolomé es también patrono del Municipio al que da nombre: San
Bartolomé de Tirajana.
Según Santiago Cazorla León, esta Ermita primitiva,
posiblemente hecha de piedras y barro, en la que casi no cabían fieles, a
menudo tenía que ser reparada y, con un gran problema, las misas eran de cuando
en cuando, pues no tenían asignado sacerdote; a este respecto, el 27 de noviembre
de 1534 los vecinos de Tunte se dirigen al Cabildo Catedral pidiendo ayuda y en
diciembre de ese mismo año les da a los vecinos ocho doblas de oro cada año,
para ayudar a pagar los servicios de un cura que ellos mismos elegirían.
De la primera imagen de San Bartolomé no se tiene
conocimiento, pero se deduce que podría ser una “imagen de bulto” –de las de
vestir-, ya que existen inventarios de túnicas y capas para el ropaje de las
procesiones, como es el caso de la Virgen del Pino, por ejemplo.
La imagen que, como patrón de Tunte y del municipio
tirajanero preside hoy en día la hornacina central del retablo mayor de la
Iglesia Parroquial de San Bartolomé de Tirajana –Tunte-; está tallada en madera
y policromada, luce sus atributos oficiales: el Libro de las Sagradas
Escrituras y el cuchillo en referencia al que se usó para desollarle; según
expertos, tiene el estilo y la impronta de Luján Pérez (que por aquel entonces
contaba con 27 años) y, si no fuera así,
de seguro que debió ser obra de algún aventajado discípulo del artista
El martirio y muerte de San Bartolomé se le atribuyen un
grupo de bárbaros a las órdenes de Astiages, rey de Armenia y hermano del rey Polimio a quien San Bartolomé había
convertido al cristianismo, que mandó llamarlo y le ordenó que adorara a sus
ídolos; ante la negativa de Bartolomé, el rey ordenó que fuera desollado vivo
en su presencia hasta que renunciase a su Dios o muriese, cómo no muriese de
esta manera, al día siguiente, ordenó degollarlo.
De aquel cruel martirio, Bartolomé Cairasco de
Figueroa, poeta, dramaturgo y músico canario, en la tercera parte del
"Templo Militante” hace una bella y trágica referencia, del que extraemos
algunos fragmentos:
"Fue el martirio cruel tan
importuno,
Que no puede
acabarse en sólo un día,
Que, como
cuero y carne todo es uno,
Quitarse
fácilmente no podía".
En fin, toda
la piel del pié a la frente,
Se le quitó
como si fuera un manto;
Y viéndole
con vida al día siguiente,
No sin
piedad el Pueblo, horror y espanto,
Mandóle
degollar el insolente."