miércoles, 22 de abril de 2020

DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO/2020

Por Pedro José Franco López
Roque Nublo/2020 

DOS LIBROS -DE CABECERA- PARA LOS AMANTES DE LA HISTORIA DE SBT EN GENERAL Y, DE MASPALOMAS EN PARTICULAR.




"LOS TIRAJANAS DE GRAN CANARIA", de Santiago Cazorla León, nos viene a desvelar que, "a pesar de la mudanza de los tiempos y de la insistente presencia foránea, la fuerza del pasado persiste y se manifiesta a través de una Cultura Popular y de una historia de silencios que, a través de este libro comienza a encauzar su encuentro con el presente". 

SANTIAGO CAZORLA LEÓN, Canónigo de la Santa Iglesia Catedral-Basílica de Canarias; Cronista e Hijo Predilecto de San Bartolomé de Tirajana, es también autor de numerables publicaciones.

 "MASPALOMAS, ESPACIO NATURAL", de Rubén Naranjo Rodríguez, fué declarado Libro de Interés Turístico Nacional en 2002 y, es una herramienta indiscutible, como vía de comunicación para entender mejor la Historia y la Naturaleza de Maspalomas, "que, con un carácter eminentemente divulgativo (Rubén es Profesor), no deja de estar impregnado de un  gran rigor científico".

RUBÉN NARANJO RODRÍGUEZ, Profesor y colaborador de Canarias7 con Columnas y reportajes de gran interés Etnográfico, es también autor de innumerables publicaciones, siempre relacionadas con la Cultura y la Etnografía canaria y, con la Arquelogía, la Ecología y la Educación Medioambiental.

domingo, 19 de abril de 2020

MASPALOMAS LIMITA AL ESTE CON BERRIEL

Por Pedro José Franco López.
Roque Nublo de Gran Canaria/2020.



En aras del progreso y el porvenir en Maspalomas hemos podido comprobar cómo desaparecen de la faz de la tierra tres núcleos de población y, en la práctica, desaparecidos también sus topónimos; por casualidad los tres empiezan por la letra “B” y ellos son: Burras, Berriel y Buenavista. En esta segunda entrega vamos a centrarnos en Berriel, todo un "pueblo" (lo llamamos así por su envergadura, cantidad de vecinos y autosuficiencia demostrada-), que estaba situado frente mismo al Aeroclub Gran Canaria y poco antes de llegar a la urbanización Bahía Feliz, en Maspalomas, dirección Las Palmas-Sur.

Oficialmente y acordado en Pleno corporativo del Iltre. Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, Maspalomas limita al Este con Berriel, esto es así –oficialmente-, desde hace algunos años pues, por diversas cuestiones se vio necesario el delimitar geográficamente el topónimo: Maspalomas.

El topónimo "Berriel" viene registrado en “La Toponimia de Gran Canaria”, como: Barranco de; Cuarterías ó Caserío de; Llanos de y Morro de. Y si seguimos indagando nos encontramos que el antro-topónimo se corresponde con un apellido francés cuya primera aparición en Canarias data de cuando el día primero de mayo de 1402: "Jean de Béthencourt y Gadifer de La Salle salieron de La Rochelle a conquistar las Canarias; viajando con ellos y como Cronista el clérigo o capellán Jean Le Verrier."

En el mapa de la isla de Gran Canaria realizado por Manuel Pérez y Rodríguez en 1896, menciona el topónimo como: "Barranco de Birriel", que terminaría por conocerse como Barranco de Berriel.

Este barranco es una de las rutas clásicas del senderismo por el Sur de la isla de Gran Canaria, que nos lleva hasta Barranco Hondo; que se ha definido como el Gran Cañón de Canarias y al Arco del Coronadero (arco natural de piedra más grande de la Isla). Estos parajes son de una naturaleza indescriptible y lugar de numerosos yacimientos e indicios de asentamientos aborígenes, entre los que cabe destacar los singulares y misteriosos mojones o torretas de piedra de Altos del Coronadero, colocados en un lugar inaccesible por los antiguos canarios y que según algunas teorías tenían la función de calendario solar; hablamos del perímetro de Amurga; dónde se encuentra una de las dos montañas sagradas de los antiguos canarios; la primera era Tirma y, la segunda, Montaña de las Tabaibas, situada frente a Arco del Coronadero.
 
Pero centrándonos en lo que de verdad queremos abordar, Berriel fue un asentamiento poblacional con entidad de pueblo, en el que convivieron en su momento más álgido hasta 2.500 habitantes, según los informantes a los que hemos recurrido; la procedencia de éstos fue desde distintos puntos de la isla, sobre todo del Norte; incluso algunas casas de familia llegaron desde la isla de Lanzarote.

A día de hoy, si queremos averiguar cuantas familias poblaban Berriel, tendríamos que dividir para 3 o 4 esta cantidad, pero por aquellas fechas, según hemos constatado, la media por familia venía a ser de 6, 9 ú 11 hijos por familia; por lo que no exageramos si decimos que Berriel fue el núcleo urbano más importante de la aparcería de todo el sur grancanario, pues ciento cincuenta fanegadas de tomateros representaban el campo de acción de aquellos aparceros.

Es fácil imaginar el atropello de conversación que se genera cuando cinco personas, que pasaron juntos su niñez, juventud y primeras aventuras y sacrificios juntos, se reúnen para revivirlas. Aún así, pudimos sonsacarles que Berriel nunca fue una Cuartería al uso, sino todo un pueblo, en el verdadero sentido del término. Según nos cuentan, más pueblo que Juan Grande, Castillo del Romeral o Maspalomas.

Y nos dicen que los muros de las cuarterías, el pozo y el propio Almacén de empaquetado eran bastante sólidos, construidos con sillares de picón rojizo. Que fueron testigos (Berriel quedaba como en primera línea de playa), como en 1954 les llegaba la invasión de una plaga de cigarras que arrasó por todos los cultivos. Que los niños iban a la Escuela Nacional de Juan Grande y los mayores aprendían a leer, escribir y las cuatro reglas con el maestro Rubén Darío, de Berriel y procedente de Gáldar.

Contaban con Tienda de comestibles, de las de “desde una alfiler hasta un elefante”, la de Francisco Romano y Carmen Perera y el Economato de Berriel; Barbería, la de Fernando García, aunque un tal Ceferino Espinosa pelaba gratis, para aprender. Con partera propia: Lolita que, a su vez, era la Enfermera y casi médica del pueblo.

A la pregunta de si hacían vida comunitaria con pueblos vecinos, por ejemplo: Juan Grande o Maspalomas, nos dicen que no;  que eran autosuficientes en Berriel, incluso con Misa todos los domingos, a la que iban todos, para no trabajar. Cada domingo, tenían sesión de cine, con las películas que les iba a proyectar Don Pedro Vega, el del Tablero y que lo hacía en el Almacén de empaquetado. Y en el almacén también se celebraban Bodas, Bautizos, Primeras Comuniones, así como Bailes, cada vez que se reunían un par de cuerdas.
 
Recuerdan cuando con inusitada curiosidad contemplaban pasmados unas maniobras militares gigantescas en el año 1963, con tanques de guerra, con barcos e incluso portaviones de los que salían innumerables vehículos anfibios y que llegaban hasta la misma playa de Berriel.

Como no podía ser menos, tenían su propio equipo de fútbol, el C.F.Berriel y celebraban liguillas entre los equipos de los alrededores, como los de Juan Grande, el Castillo, Las Burras, Maspalomas y el Tablero. A este respecto, anécdotas para todos los gustos: desde que cuando se picaba el balón, se suspendía el partido; hasta cuando un balón cayó al agua (el campo estaba dónde hoy la pista de aterrizaje del Aeroclub), se lanzaron nadando a buscarlo, incluso con una barca y no hubo forma; mucho más tarde se enteraron que apareció por Veneguera. Y la de que cuando jugaban con Las Burras, siempre se disputaban la misma copa.

Hasta sus propias Fiestas llegaron a tener, en que sacaban en Procesión a la Virgen de la Milagrosa y, según nos cuenta Domingo Pérez, causó gran pesar cuando, extrañamente, desapareció esta imagen a principio de los setenta.

Por estas fechas, cuando la industria turística empieza a afianzarse y los cultivos de tomate a decaer, se van destruyendo las Cuarterías de Berriel y sólo queda en pié el edificio del almacén de empaquetado, que convertido en soporte publicitario de grupos políticos por campañas electorales, con siglas y Slogan que se mantenían durante años. Finalmente, el 7 de agosto de 1998 es derribado y desaparece así el último vestigio de lo que fue todo un pueblo y un referente en los trabajos aparceros del Sur grancanario.

Atrás quedan los sacrificios de tantos hombres y mujeres. Ellas nunca van a olvidar los sacrificios para cuidar y alimentar familias tan numerosas. Ellos tampoco olvidan aquellos veranos, de inclemente sol, despedregando laderas y que les colgaron a los 15 años una máquina de sulfatar a la espalda. Pero nos quedamos con aquello que también nos decían: que recuerdan haber pasado en Berriel los mejores y más felices años de sus vidas.
 


LOS ÚLTIMOS DE BERRIEL:

“Los últimos de Berriel”. Quizá no fuera así exactamente, pero queremos parafrasear el título de aquella película de “Los últimos de Filipinas”, para presentar a los cinco contertulios que nos han hecho de informantes. Ellos son, de izquierda a derecha:

Santiago Pérez: que se jubila después de estar 30 años de chófer con Salcai. Ignacio Betancor: que aprovecha el “boom” turístico, primero en la construcción y después como  Servicio Técnico y mantenimiento de Discotecas y Restaurantes. Juan Cabeza: Que, cuando su familia abandona Berriel, ingresa en el Cuartel, hace de chófer y se jubila siendo Policía Municipal. Anastasio Pérez: que después de la aparcería, se busca la vida de chófer en los piratas y finalmente, de Taxista en Las Palmas de Gran Canaria, durante 42 años. Y Domingo Pérez: que, una vez se marcha de Berriel, pasa al mundo de la hostelería como Servicio Técnico en los apartamentos Santa Mónica, durante 42 años.

Los hermanos Santiago, Anastasio y Domingo Pérez, llegan a Berriel desde Haría –isla de Lanzarote-, en el año 1954 y cuentan que sus padres se aventuraron a venirse a Gran Canaria, después de que les prometieran que en Berriel iban a tener luz, agua corriente y baños en el domicilio. Nada de esto vieron al llegar; pero aún así, se quedan y pasan a formar parte de la sociedad grancanaria.

Todos ellos, una vez  estalla el “boom” turístico y se inicia el declive de la Aparcería, van abandonando Berriel, la mayor parte de ellos con destino a la Barriada de Yeoward, otros a Casa Pastores; algunas familias al Castillo del Romeral y, por ejemplo: los Cabeza, lo hacen al Lomo Moral –Juan Grande).
  
 JUAN CABEZA LÓPEZ. Que propició el encuentro de los cinco informantes que se han prestado a colaborar con esta columna sobre Berriel, cuenta con la edad de 75 años –muy bien llevados-, llegó a Berriel en el año 1952, pero antes ya había estado en Cuarterías del Matorral y el Salinero.

Después de salir del Cuartel, es chófer en la Agencia de Viajes Insular durante 9 años y, en el año 1974, gana la plaza de Policía Municipal en el ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, dónde tuvo como Jefes a Antonio Lindosa, Darío Hernández y Juan Campos.

Sus padres, que siempre cultivaron con Quintana Moreno, fueron José Cabeza García y Esperanza López Carreño y formaron una familia de 11 hijos: 6 mujeres y 5 hombres.

Juan, en el transcurso de la reunión que mantuvimos, por momentos repite una y otra vez lo gran mujer que fue su madre y todos sus recuerdos los condensa en que “ha tenido una vida muy feliz”, a pesar de que, en una sóla habitación pudieran pernoctar hasta 7 personas; que con sólo 11 años su salario era de nueve pesetas a la semana y que en la época del Matorral, mientras su madre lavaba la ropa de los más pequeños de la casa y ésta se secaba, tenían que andar desnudos, porque no había otra muda.


jueves, 16 de abril de 2020

EL TURISMO LE GANÓ LA PARTIDA A “LAS BURRAS”.

Artículo publicado en el periódico “La Provincia”, el domingo, día 19 de julio de 2015

Por Pedro José Franco López
Roque Nublo de Gran Canaria/2020

“El Aserradero” y “Las Burras” abarcaban el tramo de costa que hoy escoltan los hoteles Beverly Park  y Dunas Don Gregory.


Esta es la primera entrega de aquella trilogía que nos propusimos, “Burras-Berreil-Buenavista”; tres núcleos poblacionales, los tres con “B” que, en aras del supuesto progreso y bienestar tuvieron que desaparecer de la faz de la tierra.

Vamos a obviar, en principio, la última imagen que nos queda a muchos de las viviendas de Las Burras, (aquel entrañable barrio de pescadores de Maspalomas) que, cuando en la década de los 90 del siglo pasado, se enzarzan en contienda: “los últimos de Las Burras”, frente al Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, el Condado de la Vega Grande, el Instituto Social de la Marina, varias empresas y la Demarcación de Costas, con el objetivo de defenderse del desahucio al que se veían sometidos, por imperativo urbanístico de la zona turística.

Nos sentimos más cómodos retrocediendo en el tiempo hasta principios del siglo pasado en que un grupo de ciudadanos de Telde deciden sobrevivir en el Sur de la isla y recalan en la costa maspalomera conocida por “El Aserradero” y “Las Burras”, esta emigración puebla varios espacios costeros en Castillo del Romeral, Maspalomas, Arguineguín y Mogán; concretamente en Las Burras recalan una veintena de familias, los apellidos más corrientes: Betancor, Cruz, Trujillo, Marrero, Rodríguez, Artiles…

Para situarnos: el pueblo de “Las Burras”, era toda la zona de costa que abarca hoy en día el Paseo Costa Canaria y, la calle Hamburgo, de la zona turística “El Veril”, hasta llegar al hotel Dunas Don Gregory. “El Aserradero” era el topónimo con que se conocía dónde hoy se ubica el Hotel Beverly Park; éste era el sitio más frecuentado del pueblo, por ser el lugar dónde se varaban los barcos y, por lo tanto dónde había movimiento de pescadores. Y, por desempolvar otro topónimo interesante, según nos cuentan, “El Corralillo” era la zona de marisqueo y que ahora conocemos como “Playa del cochino”.

Las viviendas, más bien chozas, eran de paredes de piedra seca; de dos habitaciones de tres metros cuadrados casi todas ellas. Su construcción, a semejanza de cómo lo hicieron nuestros aborígenes no muy lejos de allí mismo (en Lomo Perera y Punta Mujeres), tenían por techo unas tortas que se lograban mediante la mezcla de barro y paja y, cuando ésta escaseaba, se recurría a la seba de la playa que, pisoteada a pié descalzo, se lograba un adobe duro y compacto. En cuanto a las camas, se aislaban del frío suelo, con cajas de tomate y, con paja y seba, rellenaban los colchones, hechos con sacos de harina.

La familia Rodríguez Artiles:


Para continuar contando las peripecias de estos aventureros, de entre estas familias escogemos a una que, con el transcurrir de los años, se ha convertido en popular y muy respetada en todo Maspalomas. Se trata de los “Rodríguez Artiles”, compuesta por Miguel Rodríguez García y su esposa Soledad Artiles Cruz.

Miguel, en 1938, en plena Guerra Civil y con tan sólo 14 años, se independiza y se viene al sur de la isla. Las opciones no eran muchas por aquella fecha; si no eras medianero del conde o de srta. Candelaria, no quedaba otra que la pesca o el pastoreo y a Miguel siempre le apasionó el mar; así que, con una barca que le compró su abuela paterna, se planta en “El Aserradero” (Playa de Las Burras).

Lugar de concentración de toda la vecindad era “El chorro” del Veril, dónde todos coincidían a proveerse de agua salobre y fue allí dónde Miguel conoce a Soledad (también las mujeres iban allí a lavar la ropa) y, con el transcurrir del tiempo, forman una familia numerosa compuesta por: Miguel, Francisca, Antonia, Soledad, Pepe a Inmaculada;  conviviendo todos en dos chozas, cocina y patio; por lo que Miguel el mayor de los varones pernoctaba en la casa de Blasito, que era como uno más de la familia.

En el enamoramiento entre Miguel y Soledad, mucho tendría que ver los bailes que se organizaban en el “almacén quemao”, amenizados por Anastasio Moreno y su parranda que, vivían en “La Gloria” y bajaban una vez al mes hasta Las Burras a tal fín.


Miguel, como todos los pescadores de las Burras, se dedicaba a la pesca, la mayor parte de las veces con el sistema de chinchorro o jábega. La vida era amanecer en la playa y anochecer en el mar…sólo se permitía dormir al mediodía.

A primeras hora tocaba echar el chinchorro y se sacaba a las tres de la madrugada. A esa hora ya estaban los arrieros con mulas, caballos, para vender el pescado en otros puntos de la isla.


Las mujeres, portando el pescado en ceretas sobre la cabeza, se encargaban de venderlo por Maspalomas, El Lomo, Buenavista y cuarterías de aparceros y, llegado el caso, si no se tenían dinero contante y sonante, cambiaban pescado por verduras para hacer un buen potaje. A los hombres que iban por pueblos les pasaba de lo mismo; por ejemplo: llegar a Fataga cargado de pescado y regresar a Las Burras con unos buenos sacos de papas y toda clase de hortalizas. Aún retumban en algunos oídos los gritos de “pescaiiiito frescoooo” de: María Cruz, Nievita, Inecita y tantas otras.

Soledad, esposa de Miguel nunca fue vendedora de pescado, trabajó siempre en el Almacén de empaquetado de tomates de la compañía inglesa Naviera-Frutera Fyffes, Lted. Precisamente en esta Almacén, se produjo un incendio en los años 40 y, pasó a ser reconocida como el “Almacén quemao”; allí se celebraban los bailes mensuales y, todos los años llegaban los “padritos” a celebrar las Santas Misiones, por si se nos quedaba algún niño “burrero” sin cristianizar.

La popularidad de Miguel “El Chola”, además de por el respeto que infundía su sola presencia, se debía a que era el recaudador de la cuota a la Seguridad Social, de cada uno de los pescadores; es así que Miguel se iba cada dos meses al Instituto Social de la Marina a contribuir la cotización de todos. El porqué del apodo “el chola”, que van heredando todos los miembros de la familia, sobre todo los varones, se pierde en el tiempo y es que data desde los abuelos de la actual generación.

Miguel, que era una biblioteca andante, su sabiduría y experiencias vividas eran de lo más interesantes; por ejemplo: fue testigo de primera línea del rescate de los marinos del Submarino alemán U-167, hundido en las cercanías de Las Burras, en abril de 1943, cuando contaba 19 años.

En cuanto a la llegada del turismo y anécdotas a contar, montones y para todos los gustos. Por ejemplo, en el Programa de las Fiestas Patronales de Maspalomas/2014, Antonio Trujillo Cruz, de 77 años, nacido en Las Burras, manifestaba: “Los turistas se embarcaban con nosotros para vernos faenar y sacarse fotos, y nos pagaban metiéndonos billetes en los bolsillos. Incluso nos ayudaban a sacar el chinchorro en la playa, entre aplausos. En el barco amasábamos gofio y cortábamos cebollas aderezadas con aceite, vinagre y sal, y en la playa montábamos asaderos improvisados que deleitaban a los turistas”.



No es gratuita la elección de la familia Rodríguez-Artiles, para que nos hicieran de informantes sobre la vida en “Las Burras y El Aserradero”; el respeto ganado a pulso entre todos sus vecinos, no es otro que el que ellos mismos se profesan entre sí. Como prueba, la de que, ante cualquier consulta sobre la historia de Las Burras, sus hijos siempre nos remitieron a su padre y, fallecido éste hace unos cuatro años, hacen lo propio con su madre: Soledad. Y, llegado el caso, cualquiera de sus hijos, delegan en el hermano mayor: Miguel.

Para cuando se origina aquella polémica de principio de los noventa, a la que hacíamos mención arriba, entre los últimos de Las Burras y todos los estamentos e instituciones conocidas, que se sentían extenuados por el acoso a que les sometían, por el desahucio y abandono de sus hogares; ya las chozas de piedra y techo de barro y paja hubieran desaparecido; en el transcurso del tiempo fueron sustituidas por paredes de bloques de 20 y techos de planchas de uralita y, las protestas y demandas se enarbolaban en pancartas en los idiomas español, inglés y alemán.
  
Miguel Rodríguez Artilles.

“Los niños de Las Burras éramos atléticos y fuertes”


Según nos cuenta Miguel Rodríguez –hijo-  “El Chola”, el mayor de los hijos del matrimonio entre Miguel y Soledad, los niños criados en Las Burras se diferenciaban en gran manera del resto de los maspalomeros; el color de la piel y lo desarrollado de su constitución física, la adquirían con el trabajo del chinchorro; (tirarando de la soga e hincando los pies en la arena y “jalar” para conseguir el preciado botín). Además, hasta hace poco, los criados en Las Burras y El Aserradero, eran reconocidos por sus manchas amarillas en los dientes, fruto de beber el agua del chorro del Veril, procedente de nacientes y muy cargada de hierro. Aún algunos burreros se reconocen entre ellos por esta característica. 

Tanto llamaban la atención que, muchos de ellos, posaban gustosos para las sesiones fotográficas a que los sometían los primeros turistas que llegaban a Maspalomas. Y, ¿como no?, eran firmes candidatos a hacer de extras en las películas que se rodaban en Maspalomas por aquellas fechas; de ello dan fé, los documentos gráficos que nos enseñan, dónde grupos de pescadores y sus hijos, lucen vistosos ropajes.

En relación con el poderío físico de “los burreros”, señalar que, cuando se enfrentaban por las Fiestas de la Santísima Trinidad y las de San Fernando, los pueblos del Tablero y Maspalomas, en las tradicionales y reñidísimas Tiradas de Soga, se reforzaban con puntales de pescadores de Las Burras, que trataban de atraerlos en secreto y con miles de artimañas. El premio?: un trofeíto de unos 10 cms. de alto y un par de cajas de botellines de cerveza. 

No se nos puede quedar esto en el tintero; y es que circula desde siempre una leyenda urbana sobre Miguel (el Chola) –hijo-, que él, muy prudente y discreto, ni confirma ni desmiente; y es que cierto día, para “disfrute” de todas las chicas de la época,  se presenta en la Escuela con un “collar” de lagartos ensartados en una verguilla. Ahí queda. Rogamos que no cunda el ejemplo, que ahora son especie protegida.


Como no podía ser menos, tenían su propio equipo de fútbol, el C.F. Las Burras y celebraban liguillas entre los equipos de los alrededores, como los de Juan Grande, el Castillo, Berriel, Maspalomas y el Tablero. Cuando se federaron estos Clubs, se nutrieron de la excelente cantera que había entre el barrio pesquero, así tenemos nombres como: Juan y Ramón Castro, Mingolo, Domingo Trujillo, Domingo Marrero, el casi mítico portero Juan Pascua, Alfonso Castro “El Cabozo”, “El Veneno”, sin olvidar a los porteros del C.D.Maspalomas: Juan “el bonito” y  Pepe, “el chola".