Por Pedro José Franco López.
Roque Nublo de Gran Canaria.
SI ACASO FUE UNA BODA
LA QUE DECIDIÓ LOS DESTINOS DE MASPALOMAS Y TODO EL SUR GRANCANARIO.
Pedro Agustín del Castillo León, más tarde Ruiz de Vergara, que José de Viera y Clavijo, definió como: "...varón muy respetado por su nobleza y don de consejo en los asuntos
públicos y privados"; Personaje ilustre e ilustrado,
autor de la “Descripción
histórica y geográfica de las Islas de Canaria”, se mostraba
orgulloso de proceder de aborígenes canarios por rama paterna y materna y es
que el linaje de la familia Castillo tiene su extremo en Fernando de
Guanarteme; a este respecto, el historiador Francisco Morales Padrón, que ha tenido acceso a
la Biblioteca y Archivos del Condado de la Vega Grande,
afirmaba que no se entiende la historia de Canarias en general y la de Gran
Canaria en particular sin el estudio minucioso de la familia Castillo.
Pedro Agustín del Castillo,
poco a poco fue acrecentando el poder social, político y económico de la
familia Castillo, mediante sagaces políticas matrimoniales, como era habitual
entre los estratos superiores de toda sociedad estamental, logrando reunir
importantes mayorazgos y extensas propiedades; patrimonio que convertía a esta
familia en una de las más poderosas de Canarias.
Y ahí que, en una magistral
jugada de los patriarcas de las familias Amoreto y Castillo, el 26 de febrero de 1732,
en la Ermita de
la Virgen del Guadalupe de Juan Grande, se unen los dos mayores
imperios de Gran Canaria, con la boda de Fernando Bruno del Castillo y Ruiz de Vergara -señor del mayorazgo
de la casa Ruiz de Vergara y Messia, con Luisa Antonia de
Amoreto Manrique (señora de la casa de la Vega Grande y de los grandes
mayorazgos de sus antepasados); atribuyéndose esta flamante pareja, el primer rango entre las familias insulares, lo que les permitía hacer
toda clase de favores a la corona española, lealtad compensada al serle
concedido, por el
rey Carlos III, la dignidad de un título de Castilla: el Condado de la Vega Grande de Guadalupe,
por Real Cédula de 23 de septiembre de 1777.
En la extensa
relación de méritos que Fernando Bruno del Castillo Ruiz de Vergara incluyó
en el "Memorial" que hubo de enviar al rey
Carlos III, para conseguir la "gracia real", del Condado que se le
otorgó, estaban incluidos todos los servicios prestados a la corona por la familia
-con los títulos y privilegios de sus ascendientes a lo largo de la historia; entre
ellos destacaban sobre el resto la reedificación de conventos, iglesias y
capillas después del ataque holandés de Pieter van der Does.
Precisamente con motivo del 300
aniversario de aquella efemérides histórica, el dramaturgo Faneque Hernández (profesor,
escritor y catedrático de Historia Secundaria), escribió La
rebelión de los sureños;
poema épico que conmemora los hechos gloriosos de aquel motín, del
que se hace una versión teatral, interpretada por más de 100 vecinos del
sureste, al puro estilo de "Fuenteovejuna
canario", bajo la dirección de Nacho Cabrera, a los que agradezco, de corazón, la sesión de las fotos de la versión
teatral, respecto a la boda a la que hacemos alusión y que ilustran esta
columna.