Por Pedro José Franco López
Técnico en Patrimonio Histórico y
Cultural.
Si acaso tenga mayor sentido la conmemoración de
estas Bodas de Oro, de este cincuentenario, por la carga humana que tiene
consigo; no en vano son 50 años de vida de la industria de la hostelería en
Maspalomas y, evidentemente también del nacimiento de la profesión de la hostelería.
Antes de continuar, rompamos una lanza por aquellos
verdaderos pioneros en las labores hosteleras, como: Carmen Afonso, dueña del
Restaurante “La Fonda de la Vda. de Franco”; La familia Moreno Zerpa (Bar el
Boya en el Pajar); Serafín Trujillo y Aurora, Bar de Finito, en Playa de
Meloneras; el Bar de Antonio Franco; la Cantina de los Artiles; las Tiendas de
Aceite y Vinagre de: Agustín Rivero, Glorita Monzón, Juanito Artiles, Rosita
Sánchez; Mateíto Perera, la de José Santana y Andrea Trujillo; especial mención
a las de los pueblecitos de Berriel, Buenavista y Las Burras, tres núcleos de
población totalmente erradicados de la faz de la tierra en aras del supuesto
progreso y el bienestar, etc.
Dicho esto, retomamos el asunto que nos ocupa para
manifestar que, si los profesionales que atendieron a los ilustres invitados en
la inauguración de “La Rotonda” y “Los Caracoles”, lo hacían en calidad de
alumnos de la Escuela Regional de Hostelería, la de San Cristóbal, en Las
Palmas de Gran Canaria; los que atendieron la Fiesta de Fin de Año de 1964, ya
lo eran como empleados de la empresa “Amurga, S.A.”: Camareros, Cocineros,
Barman, Camareras de Pisos, Botones, Conserjes, Facturistas, Telefonistas,
Porteros, Jardineros, en su gran mayoría vecinos de Maspalomas, de Vecindario,
del Tablero y otros pueblos grancanarios.
Recibieron los
conocimientos más elementales a marchas
forzadas, en la Escuela Regional de Hostelería, (se inauguró el 11 de enero de
1962), cuya sede, estaba ubicada en la Escuela de Capacitación Agrícola. Hecho
curioso, pués la gran mayoría de los jóvenes que allí se formaron provenían de
las labores del campo.
Por eso lo de que esta conmemoración contiene una
gran carga emotiva y humana, pués chicos que dejaron la yunta en el alpendre o
el cercado a medio despedregar, se
ponían una corbata pajarita, para atender a ilustres invitados, turistas de
alto standing, entre ellos: reyes, príncipes, ministros y, hasta la mismísima
Lola Flores y Antonio el pescaílla.
Mujeres jovencísimas, que se
despojaron de sombrero, pamela, manoplas y faltriqueras, para lucir un
impecable uniforme y una profesionalidad y amabilidad innatas; eran las
Camareras de pisos.
Todavía algunas
de ellas se emocionan al recordar los comentarios que circulaban por doquier,
cuando fueron a trabajar a la zona turística. Fueron momentos muy difíciles, de
enormes contrastes emocionales: por un lado contentas e ilusionadas con un
trabajo digno al fin, dónde se les miraba con
respeto y aprecio, valorándose su labor y, por otro, la incomprensión de
la sociedad de sus pueblos que no entendían que: “fueran a servir y a limpiar baños, dónde los turistas hacían sus
necesidades”, “Que entraban al “bungaló” y se los encontraban medio desnudos
(en bañador)“.
Estos son los profesionales
que hoy merecen que ahora se les rinda el más cálido de los homenajes. Hombres
y mujeres, auténticos pioneros de las labores
que vendrían a ser la primera fuente de ingresos, no sólo para los
grancanarios, sino para personas procedentes de tantos lugares de la geografía
española y de otros países.
Gente que trabajó con ilusión, porque se trataba de
unos oficios nuevos, que les aportaba una mayor calidad de vida en comparación
con las calamidades que se vivían trabajando en el pastoreo, las plataneras, la
ganadería, la labranza o la aparcería, que era de dónde provenían
profesionalmente la mayor parte de ellos.
Múltiples las anécdotas que nos cuentan. Por
ejemplo: como los domingos y fiestas de guardar era de precepto obligado
asistir a Misa, la empresa ponía a disposición del personal (sobre todo de las
mujeres), una furgoneta o guagua para asistir a Misa a la Iglesia de San
Fernando y, terminada ésta, de vuelta al trabajo.
Y que al dejar el bungalow, los clientes dejaban la
nevera cargada de alimentos que ellas aprovechaban llevándoselos para sus
casas. De esa forma fue cómo en muchos domicilios se conocieron el Kétchup, la
Mostaza o la mismísima lata de “Tulip”, como nos dice Ramona Santiago, que la
vio por primera vez en la Cesta de Navidad que recibieron en 1964.
Los turistas a veces ayudaban a “Mingolo”, en las
tareas de “jalar p’ol chinchorro”,
y organizaban asaderos en la orilla de la playa e invitaban a los empleados; en
cierta ocasión prohibieron a los empleados de “La Rotonda” y “Los Caracoles” ir
la Playa y mezclarse con los turistas, clientes en su gran mayoría, de esas dos
instalaciones hoteleras.
Pedro Pérez recalca que le llamaba mucho la
atención ver como cada día, antes de abrir el restaurante, todos los camareros
se tenían que poner en fila y era que el Maitre pasaba revista: Manos, uñas,
pelo, barba, uniforme y zapatos; y asegura que muchos días algunos no
trabajaban y tenían que irse a su casa por no estar en perfectas condiciones.
Agustín Curbelo comenta que fue el primer Enlace
Sindical del Sur y pidiéndosele que cuente anécdotas al respecto, con mucha,
muchísima diplomacia y elegancia, tan sólo dice que: “por aquellas fechas el cargo de
Enlace Sindical no daba mucho trabajo”.
Para dar cuenta de cómo se ven después de 50 años,
los adelantos de aquella época: el Teléfono que había en la Recepción de los
“Los Caracoles”, era tan sólo como intercomunicador entre los Bungalows y el
Restaurante “La Rotonda”, para comunicarse con el exterior había que pedir
línea al teléfono de la Tienda de Agustín Rivero (dónde hoy San Fernando), mediante
el de un abonado del Vecindario (el núm. 73)
y desde allí, solicitar línea a Las Palmas. No hubo comunicación
telefónica automática, hasta 1968. Luego sería a través de la central de San
Agustín (frente al actual Hotel Tamarindos).
Y hablando de
Don Guillermo Olózaga, el director, que también fue concejal de san Bartolomé
de Tirajana, todos coinciden que si era una persona excelente, también era el
profesional más recto que hubieran visto nunca, a tal fín nos cuenta Martín
Falcón que, si don Guillermo salía con
ellos de juerga por las noches y estaban hasta altas horas de la madrugada de
bailes y copas, si al día siguiente no estabas puntual en el puesto de trabajo,
por mucho que fueras su compañero de copas, te sancionaba igualmente con días
sin empleo y sueldo.
Hasta aquí, esta
columna que hacemos en homenaje a tantos hombres y mujeres, sobre todos a los
que ya no están, que fueron y son el mejor reflejo de lo que es
profesionalidad, compañerismo y dedicación al noble trabajo de la hostelería. Hay
que mirar cincuenta años atrás para entender del todo aquello de “fidelizar y
enamorar al turista” para que repita y así, convertirnos en un destino
competitivo. Tengamos en cuenta que esto, los profesionales y poco más, será lo
que nos quede cuando se terminen los conflictos bélicos y esta dichosa ola de
frío.


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